18/10/06

La noch'e la riá



El otoño metío’n agua
había jormao mil riachuelos
que cargaban los arroyos
a su paso po los pueblos;
y ya había argunos pantanos
con mu poco pa está llenos.

Aquel octubre jué gris,
casi tós los días lloviendo,
pero naide barruntaba
que juera a sé tan en serio.

Prencipió’l mes de noviembre
entoavía con más genio,
y en la madrugá del seis
s’ajuntaron lluvia y viento
estremeciendo la noche
¡era una noche de perros!

Aquello da mieo contaglo.
Como’l peó de los sueños.

Tós los riachuelos y arroyos,
qu’andenantes iban secos,
jueron llenando’l Rivillas
y su cauce bien repleto
s’adentraba’n Badajó
con la juerza d’un deseo.

Y el Calamón, por su lao,
¡ese sí que venía güeno!,
había cruzao to Valverde
con la rabia de los celos
arrasando po las calles
to lo qu’encontró por medio.

Y pa colmo, en las ajueras,
antes e pasá po’l Cerro,
en metá de las corrientes
enrabietás com’un trueno,
s’había jormao un amasijo
con barro y con bichos muertos,
con ramajos y con troncos
arrancaos e cuajo enteros;
y con coches esguazaos
amontonaos en to’l medio,
enreaos con la chatarra
y con tejaos de jierro
reventaos de los doblaos
po la juerza de los vientos,
apresando los dos cauces
y anegando los barbechos.

Era alreó de la una,
casi naide cogía’l sueño
y la gente’l Cerro e Reyes
prencipió a sentí argún mieo;
pero enjamás cavilaron,
ni siquiá por un momento,
el suplicio qu’aguardaban,
l’angustia y el sufrimiento
que s’acercaba’n la noche
chorreando de los cielos.

Cuando los ríos quebraron
lo que jormó aquel tropiezo
en metá de su camino,
con los palos y los jierros
y con cachos e parés
estrozás por completo,
con la juerza d’un torrente
más fiero qu’un macho’n celo
qu’arrastraba ya jogaos
seres queríos y güenos
que durmían en la pas
de los pueblos extremeños,
prencipió una noche amarga
pa los vecinos del Cerro.

S’apagaron toas las luces,
se vino encima to’l cielo,
to’l embalse contenío,
recargao d’agua y sediento,
pa bebese a to’l que juera,
a to’l que le diera tiempo,
ajotao com’un bicho
por la ira de los vientos.

Los chillíos de las mujeres;
y toa la gente corriendo;
y la juerza de los ríos
s’amamantaba creciendo
con sangre de güena casta
del barrio de los obreros.

Y los niños que durmían
desprocupaos, sonriyendo,
soñando ya con los Reyes
y con juguetes mu güenos
que d’un mu lejano oriente
les traían en camellos,
se dispertaron flotando
en un charco de lamentos,
en un paisaje de muerte,
de doló y de sufrimiento.

Los tejaos abarrotaos;
y gritando y ajuyendo;
y agarraos a las farolas
contra’l agua y contra’l viento;
y la vos se queaba ronca
dándole voces al cielo
buscando argún Dios que viera
lo qu’allí estaba ocurriendo.

Naide se podía esplicá
de cómo’n tan poco tiempo,
cómo’n un rato na más
s’habían enterrao’n el cieno
toa una via de trebajo,
d’ilusiones y d’anhelos,
por una bravuconá
de riachuelos de na y menos.

Y endispués, tras la riá,
en argún corto silencio,
doló, amargura y pena
era’l nombre d’aquel Cerro,
entre ruíos de sirenas
y manos en aspaviento.

A la mañana siguiente
arguien dijo: ¡Esto es un sueño!
Pero al dispertá lloró,
naide había visto a su agüelo,
el río se lo tragó
sin ningún remordimiento;
y como él muchos más
que ya estarán en el cielo.

Sólo quea recordá
la respuesta d’un gran pueblo
que demostró qu’hay qu’está
pa lo malo y pa lo güeno.

Hay que da gracias a España,
dispués de ricriminá’l cielo,
gracias por su generosidá,
por sentí en sus adrentos
esa solidaridá
con toa la gente del Cerro,
que sabe qu’a naide engaña
iciendo con sentimiento
qu’el día de la riá
to’l mundo palró extremeño.


Javier Feijóo
(Del libro: "De la corteza de la encina")
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